Con estas pretenciosas palabras de propia invención pretendo dar comienzo al artículo sobre esta mítica película. Como ya dije en el post sobre La diligencia, los clásicos del cine siempre dan más de lo que prometen; son una fuente inagotable de nuevas revisiones y placenteros primeros encuentros.
El film que nos ocupa es de 1962, dirigido por John Ford, protagonizado por John Wayne (el cowboy Tom Doniphon, eterno perdedor, aquí homenajeado) y James Stewart (el abogado Ransom Stoddard, representante de los nuevos tiempos), arropados por Vera Miles y Lee Marvin (el pistolero Liverty Valance, un hombre de otra época ya en vías de extinción) y con apariciones estelares del entonces no muy conocido Lee Van Cleef y la estrella consagrada John Carradine. Todos ellos ayudaron a que la película se escribiera con letras de oro en la Historia del cine.

La historia nos habla de una época que se acaba, del fin de la conquista del oeste, pues con la llegada de la ley (representado en la figura del abogado) se pone fin a ese mundo en el que la única ley era la del revolver, y los bandidos asaltaban diligencias a placer, sin que prácticamente nadie les plantase cara.

El año de realización de esta película es muy significativo en cuanto a que explica porqué se realizó un film de estas características en esa época y no en otra.
Es 1962. En ese tiempo se sentía que el western había llegado a su fin. Los años dorados del género habían quedado atrás, tanto por razones económicas que encarecían ese tipo de producciones, como por otras de simple agotamiento de historias, de ideas. Ya se había dicho todo lo que se tenía que decir sobre el salvaje oeste. Es por esto que va a ser precisamente el director más representativo del western quién se decida a contar una historia que es, de manera simultánea, un epitafio para el viejo oeste, tanto en el cine, como en la historia americana. Es por lo tanto un film amargo, lleno de nostalgia que cobra su más elevado sentido en los últimos minutos de metraje.
El final de la película que contiene frases (en una película en la que todas y cada una de ellas tienen un significado enorme) tan representativas como estas:
“¿Acaso no es una carga matar a un hombre?¿Y luego querer construir una vida sobre esta muerte?”
“Esto es el oeste, señor, y cuando los hechos se convierten en leyenda, imprime la leyenda.”
“Nada es demasiado para el hombre que mató a Liverty Valance.”
Fernando Asensio Cermeño para Sesión no Numerada

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